Todos los días, Adela se levanta y cepilla sus dientes, amarillos pero suyos. A sus 74 años, orgullosamente todavía no ha recurrido a las prótesis que suelen usar los de su edad. Adela tiene dos perros de raza indefinida. Desde chica le gustaron los animales. Todas las mañanas camina con ellos alrededor del Lago de Palermo. Dá dos o incluso tres vueltas, dependiendo del frío y las ganas de ese día, pero nunca deja de hacerlo. Sus días se completan con reuniones con amigas, largas sesiones de piano y hermosos viajes hacia los mundos a los que sus novelas favoritas la transportan. Su madre también tenía un gusto admirable por la literatura; por la poesía más que nada. No había teléfono que la pudiera distraer cuando se sumergía en los susurros de Gertrude Stein o Pablo Neruda. Vivió 98 años y leyó hasta que sus ojos se lo permitieron. Luego, sus nietos se encargaron de transmitirle el mensaje de sus libros.
-Cómo la vida, de un día para el otro, se pone al revés y pierde toda coherencia bio-cronológica, si se me permite la invención de esta palabra –dijo Adela cuando el Padre le cedió la palabra-. Nunca pensé que iba a enterrar a mi hija. Pero la vida continúa y mis nietos me necesitan.
Su hija había contraído cáncer ocho meses atrás. La fuerza y tenacidad que heredó de su madre y su abuela no alcanzaron, pero si de algo puedo estar seguro, es de que la peleó con el orgullo y la energía que en vida supo demostrar. Así es el legado que supo dejar.
A mi amigo y su familia
en este momento tan difícil