martes, 9 de agosto de 2011

Los días en el bosque


Los días en el bosque se hacen largos. No siempre se encuentra algo para comer. Pero hay que sobrevivir igual. Se pasa hambre, frío, miedo y se sufre de soledad. Cada tanto, es posible cazar algún venado o dormir en una cueva. Pero la mayoría de las veces, hay que conformarse con conejos, ratones y dormir a la intemperie. El hambre duele; el frío también. Uno no lo entiende hasta que no lo siente en carne propia. Enorme se hace el deseo de volver al vientre materno.
 
Allí venía la nena cantando. La confundió y luego la devoró en un segundo, intentando ser sutil con sus garras para no romper la capa roja que le serviría para taparse en el invierno.  

lunes, 1 de agosto de 2011

3ª Generación

Todos los días, Adela se levanta y cepilla sus dientes, amarillos pero suyos. A sus 74 años, orgullosamente todavía no ha recurrido a las prótesis que suelen usar los de su edad. Adela tiene dos perros de raza indefinida. Desde chica le gustaron los animales. Todas las mañanas camina con ellos alrededor del Lago de Palermo. Dá dos o incluso tres vueltas, dependiendo del frío y las ganas de ese día, pero nunca deja de hacerlo. Sus días se completan con reuniones con amigas, largas sesiones de piano y hermosos viajes hacia los mundos a los que sus novelas favoritas la transportan. Su madre también tenía un gusto admirable por la literatura; por la poesía más que nada. No había teléfono que la pudiera distraer cuando se sumergía en los susurros de Gertrude Stein o Pablo Neruda. Vivió 98 años y leyó hasta que sus ojos se lo permitieron. Luego, sus nietos se encargaron de transmitirle el mensaje de sus libros.
-Cómo la vida, de un día para el otro, se pone al revés y pierde toda coherencia bio-cronológica, si se me permite la invención de esta palabra –dijo Adela cuando el Padre le cedió la palabra-. Nunca pensé que iba a enterrar a mi hija. Pero la vida continúa y mis nietos me necesitan.
Su hija había contraído cáncer ocho meses atrás. La fuerza y tenacidad que heredó de su madre y su abuela no alcanzaron, pero si de algo puedo estar seguro, es de que la peleó con el orgullo y la energía que en vida supo demostrar. Así es el legado que supo dejar.

A mi amigo y su familia 
     en este momento tan difícil       

martes, 7 de junio de 2011

Destino

Parece que fue ayer cuando llegó de su Ramallo natal con cincuenta pesos en el bolsillo y una estampita de la Virgen del Loreto en el otro. Parece que fue ayer cuando bajó del tren con la frente en alto y unas ganas de triunfar apabullantes. Tenía 17 años. Desembarcaba en la gran ciudad escapando de una vida monótona y un destino predecible.
            En ese entonces, la vorágine de la gran urbe lo seducía con todo su encanto. Todo era tan nuevo; las luces, los edificios, la gente, su manera de hablar y de moverse, tan diferentes a su caminar pausado y su lenguaje escueto y con acento campechano. Todo era como una gran manzana invitándolo a pegar un mordisco.
            Las mujeres de la ciudad lo excitaban de una manera que él nunca había experimentado y, poco a poco, fue encontrando la cordura en las actividades manuales. La zapatería fue su primer refugio. De ayudante de zapatero, rápidamente pasó a atender el local y ganar comisiones por sus ventas. Vaya uno a saber si fue a través de algún cliente o de alguna de esas chicas de la alta sociedad con las que solía tener aventuras, pero de repente se encontró dando una prueba para el radioteatro más popular de aquel entonces. El resto es historia repetida. Su nombre empezó a crecer y su éxito a trascender fronteras; incluso en Ramallo supieron de su salto a la fama y la buena vida.
            -Saverio, –dijo la estúpida enfermera – es hora de tomar las pastillas.
            Sí, parece que fue ayer. Ahora, pasa su tiempo sentado al lado del teléfono esperando a que algún productor lo llame para hacer de abuelo o de muerto. Al final, su destino no era menos predecible que el del resto. 

viernes, 27 de mayo de 2011

Luz prendida

Supe que no estaba sólo en el momento en que escuché esos ruidos. No podía descifrar bien de qué o quiénes se trataban. Pero si de algo estaba seguro, era de que no estaba sólo. Traté de no hacer caso, de convencerme de que eran ilusiones mías y de cerrar los ojos hasta caer en un sueño profundo. No pude. Me aterraba la sensación de que si me dormía podrían aprovechar para hacer lo que hubiesen venido a cumplir. Tenía que estar despierto y alerta. Me escondí en el placard temiendo que mi aguda respiración delatara mi escondite. Entre los viejos trajes de papá encontré un sobre con plata. Quizás era por eso que estaban acá. Querrían el sobre. ¿Corría yo peligro entonces? Por las dudas no me convenía estar cerca de él. Salí del placard y me escondí en el baño. Cerré la cortina de la ducha y me aplasté bien chiquitito contra el piso de la bañera para no ser descubierto en un golpe rápido de vista. El pecho me golpeaba tan fuerte que me pregunté si a las otras personas también les pasaba en situaciones así. Pasaron de largo. Sentí un alivio momentáneo y cerré los ojos. Supongo que la misma adrenalina me durmió como anestesia. Cuando llegó mamá me despertó. Quise advertirle pero su mirada me dijo que no había necesidad. Ya había pasado. Me llevó a la cama grande, me abrazó y me volví a dormir. Nadie me había dejado la luz prendida. 

domingo, 15 de mayo de 2011

Anorexia

Cada ensayo era una gloria. Él se sentaba al piano y ella entonaba las arias más hermosas del mundo. Bach, Wagner, Haydn, Puccini; maestros cuyos talentosos espíritus parecían apoderarse, por unas horas, de la garganta de la intérprete. Lo excitaba tanto escucharla cantar y tocar para ella. Su condición le impedía verla, pero imaginaba sus anchas caderas moviéndose al compás de la música y casi podía sentir el crujir de las carnes abundantes de su abdomen al chocar con la ropa. Sí, lo excitaban las mujeres gordas. No había sabido de ningún otro tipo de mujer capaz de cantar con tal dulzura.
      Finalmente, el temido día llegó. La intérprete dejaría de ser suya y pasaría a pertenecer a una orquesta de treinta músicos. Estaba lista. No tendría otro momento a solas con ella. Tendría que compartirla. Juntó coraje y la besó intuyendo la ubicación de sus labios. Ella no opuso resistencia. Rozó uno de sus senos y se dio cuenta de que no eran tan carnosos como imaginaba. Su erección repentinamente se diluyó.

Caminos

De todos los que allí duermen, sus ropas extrañas y coloridas la destacan. Cualquier ojo pasaría por alto la diferencia. Al fin y al cabo, ella es una más; si bien es la primera vez que duerme en la estación.
      Afuera, el agresivo frío de mediados de julio empieza a perder su poderío frente a los primeros rayos de sol. La fila de taxis es interminable, algo usual en esa puerta de la ciudad. Sin embargo, para Avián, todo es nuevo. Mientras suenan los últimos acordes de un tango en la radio, percibe en su organismo los efectos del mate que ha estado bebiendo con sus ahora colegas. Entra a la estación. No hay mucho movimiento aún. Su mirada tropieza con las ropas extrañas del cuerpo inerte.
-¡Carla! –grita con una mezcla irracional de furia.
         Carla, asustada, se incorpora, lo mira desconcertada y se agarra la cabeza. La mirada acusatoria de su hermano le oprime el pecho de vergüenza, pero la felicidad de volver a verlo la fuerza a abrazarlo. No habían sabido nada uno del otro desde el incidente.