
Parece que fue ayer cuando llegó de su Ramallo natal con cincuenta pesos en el bolsillo y una estampita de la Virgen del Loreto en el otro. Parece que fue ayer cuando bajó del tren con la frente en alto y unas ganas de triunfar apabullantes. Tenía 17 años. Desembarcaba en la gran ciudad escapando de una vida monótona y un destino predecible.
En ese entonces, la vorágine de la gran urbe lo seducía con todo su encanto. Todo era tan nuevo; las luces, los edificios, la gente, su manera de hablar y de moverse, tan diferentes a su caminar pausado y su lenguaje escueto y con acento campechano. Todo era como una gran manzana invitándolo a pegar un mordisco.
Las mujeres de la ciudad lo excitaban de una manera que él nunca había experimentado y, poco a poco, fue encontrando la cordura en las actividades manuales. La zapatería fue su primer refugio. De ayudante de zapatero, rápidamente pasó a atender el local y ganar comisiones por sus ventas. Vaya uno a saber si fue a través de algún cliente o de alguna de esas chicas de la alta sociedad con las que solía tener aventuras, pero de repente se encontró dando una prueba para el radioteatro más popular de aquel entonces. El resto es historia repetida. Su nombre empezó a crecer y su éxito a trascender fronteras; incluso en Ramallo supieron de su salto a la fama y la buena vida.
-Saverio, –dijo la estúpida enfermera – es hora de tomar las pastillas.
Sí, parece que fue ayer. Ahora, pasa su tiempo sentado al lado del teléfono esperando a que algún productor lo llame para hacer de abuelo o de muerto. Al final, su destino no era menos predecible que el del resto.