viernes, 27 de mayo de 2011

Luz prendida

Supe que no estaba sólo en el momento en que escuché esos ruidos. No podía descifrar bien de qué o quiénes se trataban. Pero si de algo estaba seguro, era de que no estaba sólo. Traté de no hacer caso, de convencerme de que eran ilusiones mías y de cerrar los ojos hasta caer en un sueño profundo. No pude. Me aterraba la sensación de que si me dormía podrían aprovechar para hacer lo que hubiesen venido a cumplir. Tenía que estar despierto y alerta. Me escondí en el placard temiendo que mi aguda respiración delatara mi escondite. Entre los viejos trajes de papá encontré un sobre con plata. Quizás era por eso que estaban acá. Querrían el sobre. ¿Corría yo peligro entonces? Por las dudas no me convenía estar cerca de él. Salí del placard y me escondí en el baño. Cerré la cortina de la ducha y me aplasté bien chiquitito contra el piso de la bañera para no ser descubierto en un golpe rápido de vista. El pecho me golpeaba tan fuerte que me pregunté si a las otras personas también les pasaba en situaciones así. Pasaron de largo. Sentí un alivio momentáneo y cerré los ojos. Supongo que la misma adrenalina me durmió como anestesia. Cuando llegó mamá me despertó. Quise advertirle pero su mirada me dijo que no había necesidad. Ya había pasado. Me llevó a la cama grande, me abrazó y me volví a dormir. Nadie me había dejado la luz prendida. 

domingo, 15 de mayo de 2011

Anorexia

Cada ensayo era una gloria. Él se sentaba al piano y ella entonaba las arias más hermosas del mundo. Bach, Wagner, Haydn, Puccini; maestros cuyos talentosos espíritus parecían apoderarse, por unas horas, de la garganta de la intérprete. Lo excitaba tanto escucharla cantar y tocar para ella. Su condición le impedía verla, pero imaginaba sus anchas caderas moviéndose al compás de la música y casi podía sentir el crujir de las carnes abundantes de su abdomen al chocar con la ropa. Sí, lo excitaban las mujeres gordas. No había sabido de ningún otro tipo de mujer capaz de cantar con tal dulzura.
      Finalmente, el temido día llegó. La intérprete dejaría de ser suya y pasaría a pertenecer a una orquesta de treinta músicos. Estaba lista. No tendría otro momento a solas con ella. Tendría que compartirla. Juntó coraje y la besó intuyendo la ubicación de sus labios. Ella no opuso resistencia. Rozó uno de sus senos y se dio cuenta de que no eran tan carnosos como imaginaba. Su erección repentinamente se diluyó.

Caminos

De todos los que allí duermen, sus ropas extrañas y coloridas la destacan. Cualquier ojo pasaría por alto la diferencia. Al fin y al cabo, ella es una más; si bien es la primera vez que duerme en la estación.
      Afuera, el agresivo frío de mediados de julio empieza a perder su poderío frente a los primeros rayos de sol. La fila de taxis es interminable, algo usual en esa puerta de la ciudad. Sin embargo, para Avián, todo es nuevo. Mientras suenan los últimos acordes de un tango en la radio, percibe en su organismo los efectos del mate que ha estado bebiendo con sus ahora colegas. Entra a la estación. No hay mucho movimiento aún. Su mirada tropieza con las ropas extrañas del cuerpo inerte.
-¡Carla! –grita con una mezcla irracional de furia.
         Carla, asustada, se incorpora, lo mira desconcertada y se agarra la cabeza. La mirada acusatoria de su hermano le oprime el pecho de vergüenza, pero la felicidad de volver a verlo la fuerza a abrazarlo. No habían sabido nada uno del otro desde el incidente.