De todos los que allí duermen, sus ropas extrañas y coloridas la destacan. Cualquier ojo pasaría por alto la diferencia. Al fin y al cabo, ella es una más; si bien es la primera vez que duerme en la estación.
Afuera, el agresivo frío de mediados de julio empieza a perder su poderío frente a los primeros rayos de sol. La fila de taxis es interminable, algo usual en esa puerta de la ciudad. Sin embargo, para Avián, todo es nuevo. Mientras suenan los últimos acordes de un tango en la radio, percibe en su organismo los efectos del mate que ha estado bebiendo con sus ahora colegas. Entra a la estación. No hay mucho movimiento aún. Su mirada tropieza con las ropas extrañas del cuerpo inerte.
Carla, asustada, se incorpora, lo mira desconcertada y se agarra la cabeza. La mirada acusatoria de su hermano le oprime el pecho de vergüenza, pero la felicidad de volver a verlo la fuerza a abrazarlo. No habían sabido nada uno del otro desde el incidente.

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